El Millonario Dueño de un Imperio Inmobiliario Regresa a su Mansión y Descubre una Traición que Involucra su Herencia y una Deuda Millonaria
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Roberto y su esposa al abrir esa puerta. La escena que estás a punto de leer no solo rompió un matrimonio, sino que desató una batalla legal por millones de dólares que nadie vio venir. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante y cruel de lo que imaginas.
El Precio del Éxito
Roberto miró su reloj Rolex Submariner por quinta vez en menos de un minuto. Las manecillas doradas marcaban las 4:30 de la tarde. Era temprano, inusualmente temprano para un hombre que solía salir de su oficina de cristal en el centro financiero pasadas las nueve de la noche.
Pero hoy no era un día cualquiera. Era su décimo aniversario de bodas.
En el asiento del copiloto de su Mercedes Benz último modelo, descansaba una pequeña caja de terciopelo azul. Dentro, un collar de diamantes valorado en lo que una familia promedio tardaría cinco años en ganar.
Roberto sonrió al ver la caja. Había trabajado como un animal los últimos quince años. Había construido un imperio inmobiliario desde cero, pasando de vender casas pequeñas a ser el dueño de los edificios más lujosos de la ciudad.
Todo lo había hecho por ella. Por Lorena.
Lorena era la mujer que había estado con él cuando no tenía nada, o al menos, eso es lo que a él le gustaba recordar. Ahora, vivían en una mansión de tres mil metros cuadrados en la zona más exclusiva, rodeados de seguridad, jardines y lujos excesivos.
Roberto aceleró un poco más. Quería llegar antes de que el servicio sirviera la cena. Quería sorprenderla.
—Esta vez sí, Lorena —susurró para sí mismo, ensayando lo que le diría—. Esta vez voy a dejar el teléfono apagado toda la noche. Solo tú y yo.
El tráfico estaba extrañamente ligero. Parecía que el destino quería que llegara rápido. O tal vez, el destino le estaba tendiendo una trampa cruel.
Al llegar al portón eléctrico de su residencia, notó algo extraño.
El guardia de seguridad de la garita no estaba. La caseta estaba vacía.
Roberto frunció el ceño. Pagaba una fortuna mensual a una empresa de seguridad privada para que su mansión fuera una fortaleza. ¿Dónde demonios estaba el guardia?
Sacó su control remoto y abrió el portón él mismo. Las inmensas rejas de hierro forjado se abrieron lentamente, emitiendo un zumbido metálico que rompió el silencio de la tarde.
Entró con el auto y lo dejó frente a la entrada principal, sin siquiera molestarse en guardarlo en el garaje subterráneo.
Bajó del auto con la caja de terciopelo en la mano y el corazón latiendo con fuerza. Una mezcla de emoción y una extraña ansiedad se apoderó de su pecho.
Abrió la puerta principal.
—¿Lorena? —llamó en voz alta.
Su voz resonó en el vestíbulo de mármol, rebotando en las paredes decoradas con obras de arte originales y lámparas de cristal de Baccarat.
Silencio.
Un silencio absoluto y pesado.
No se escuchaba el ruido de la cocina, ni el aspirador de las empleadas domésticas, ni siquiera la música suave que Lorena solía poner por las tardes.
—¿Marta? ¿Juana? —gritó llamando al servicio.
Nadie respondió.
Roberto sintió un frío recorrerle la espalda. ¿Había pasado algo? ¿Un secuestro? En su posición económica, el miedo a un secuestro era una constante real.
Dejó las llaves sobre la mesa de entrada y aflojó el nudo de su corbata de seda.
Comenzó a caminar hacia la sala principal. Todo estaba en orden. Los cojines en su lugar, las cortinas abiertas dejando entrar la luz dorada del atardecer. Pero la casa se sentía vacía, como si hubiera sido abandonada hace años.
Entonces, escuchó el ruido.
Venía de arriba. De la planta alta.
Era un sonido sordo, rítmico. Y luego, una risa.
Roberto se detuvo en seco al pie de la escalera monumental. Conocía esa risa. Era la risa de Lorena. Pero no era la risa dulce que él conocía. Era una carcajada estridente, burlona, cargada de alcohol y descaro.
Y no estaba sola.
Una voz masculina respondió a la risa. Una voz grave, profunda y terriblemente familiar.
Roberto apretó la caja de terciopelo en su mano hasta que los bordes se clavaron en su palma.
Subió el primer escalón. La madera crujió levemente.
—...es un idiota, te lo juro, ni siquiera revisa los estados de cuenta mensuales —dijo la voz del hombre.
Roberto se congeló.
—Ay, mi amor, no hables de él ahora. Me corta la nota —respondió Lorena, arrastrando las palabras.
Roberto sintió que el aire le faltaba. Subió los escalones de dos en dos, tratando de no hacer ruido, aunque la furia comenzaba a nublarle la vista.
Llegó al pasillo de la segunda planta. La puerta de la habitación principal, SU habitación, estaba entreabierta.
Desde allí podía ver ropa tirada en el suelo.
Reconoció su propia camisa, una que creía perdida. Pero también vio un saco de traje gris. Un saco de corte italiano, muy costoso.
Roberto se acercó a la puerta, temblando de rabia y de un dolor que no sabía que podía sentir.
Lo que escuchó a continuación fue peor que cualquier gemido de pasión.
—¿Ya firmaste la transferencia de la propiedad de la casa de playa? —preguntó el hombre. Su tono ya no era de amante, sino de negocios. Frío y calculador.
—Sí, ya firmé todo lo que me dijiste. Los poderes notariales, el traspaso de las acciones de la constructora... todo está en la carpeta —respondió Lorena—. Ahora ven aquí y celebra conmigo que somos millonarios.
Roberto sintió que el mundo giraba.
No solo lo estaban engañando sentimentalmente. Lo estaban desvalijando. Le estaban robando el trabajo de toda su vida.
Empujó la puerta con fuerza, haciendo que golpeara contra la pared con un estruendo violento.
La escena que vio casi lo hace desmayarse.
No por la desnudez, aunque ambos estaban en su cama matrimonial, entre sábanas de seda egipcia que él había pagado.
Sino por lo que estaba esparcido sobre la cama, rodeando sus cuerpos.
No eran pétalos de rosa.
Eran documentos legales. Carpetas azules con el sello de su propia empresa. Escrituras de propiedad. Y una computadora portátil abierta mostrando una cuenta bancaria en las Islas Caimán.
Y el hombre.
El hombre que se levantó sobresaltado, tratando de cubrirse con una almohada, no era un desconocido. Ni el entrenador del gimnasio.
Era Javier.
Su propio hermano. Su socio. El director financiero de su compañía. La única persona en el mundo en la que Roberto confiaba ciegamente además de su esposa.
Roberto soltó la caja de terciopelo. El collar de diamantes cayó al suelo y se deslizó por la alfombra.
Javier lo miró, y en lugar de miedo, una sonrisa cínica se dibujó en su rostro.
—Vaya, vaya... el gran empresario llegó temprano —dijo Javier, sin siquiera molestarse en vestirse rápido—. Creí que tenías una junta con los inversionistas japoneses.
—¿Javier? —la voz de Roberto salió como un hilo roto—. ¿Tú?
Lorena se cubrió con la sábana, pero su mirada no era de arrepentimiento. Era de molestia. Como si la hubieran interrumpido en medio de una película interesante.
—Te dije que cerraras la puerta con seguro, imbécil —le gritó ella a Javier.
Roberto dio un paso hacia adentro. Sus ojos iban de los documentos a su hermano, y de su hermano a su esposa.
—¿Qué significa esto? —preguntó Roberto, sintiendo una presión en el pecho que amenazaba con convertirse en un infarto.
—Significa que se acabó, hermanito —dijo Javier, sentándose en el borde de la cama con una tranquilidad aterradora—. Significa que mientras tú jugabas a ser el rey del mundo construyendo edificios, Lorena y yo construíamos nuestro propio futuro. Con tu dinero, claro.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇
Deja una respuesta
Artículos Recomendados