La Herencia Oculta del Abuelo y la Maldición del Cementerio: El Error Millonario de la Tía Marta

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con mi tía Marta y por qué esa mujer extraña apareció en el entierro. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas y tiene que ver con un secreto financiero que el abuelo se llevó a la tumba.

Un Adiós Bajo el Sol Abrasador

El calor ese día era insoportable. No era un calor normal; era de esos que se te pegan a la ropa y te hacen sentir que el aire te falta. Estábamos todos reunidos en el viejo cementerio municipal para despedir al abuelo Alberto. Él siempre fue un hombre reservado, de esos que hablan poco pero observan mucho. Sabíamos que tenía dinero, o al menos eso se rumoreaba en la familia, pero vivía con una austeridad que a veces rayaba en la tacañería.

Mi madre no paraba de llorar, sostenida por mi padre, quien intentaba mantener la compostura a pesar de que el traje negro le quedaba pequeño y lo estaba asfixiando. Y luego estaba la tía Marta. La hermana mayor de mi mamá. Marta siempre fue... diferente. Ambiciosa, impaciente, siempre mirando el reloj, siempre pendiente de su teléfono y de sus "negocios importantes". Incluso en el entierro de su propio padre, no dejaba de teclear en su celular, respondiendo correos, resoplando por el calor y quejándose de lo mucho que tardaba el cura en terminar la ceremonia.

"Esto es ridículo," me susurró Marta al oído, con ese tono de voz chillón que ella creía que era un susurro. "Tengo que firmar unas escrituras a las cinco de la tarde. Si el padre no se apura, me voy a ir. Total, papá ya no se entera de nada".

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Yo la miré con desaprobación, pero no dije nada. No era el momento ni el lugar. El abuelo Alberto merecía respeto. Había trabajado la tierra con sus propias manos durante cincuenta años antes de empezar a comprar propiedades en el centro.

La Mujer de Negro

Fue justo cuando estaban bajando el ataúd cuando ella apareció.

Nadie la vio llegar. De repente, simplemente estaba allí, parada junto a un viejo ciprés, un poco apartada del grupo principal. Llevaba un vestido negro impecable, de una tela que parecía demasiado cara para un pueblo como el nuestro, y un sombrero de ala ancha que le ocultaba la mitad del rostro. Pero lo que más destacaba no era su ropa, sino su postura. Estaba erguida, inmóvil, como una estatua de mármol.

Un murmullo recorrió a los presentes. "¿Quién es esa?", preguntó mi prima Sofía. "¿Será alguna amante del abuelo?".

"Cállate, Sofía", la regañó mi mamá. Pero yo vi cómo mi madre también la miraba con miedo. Había algo en esa mujer que helaba la sangre, a pesar del calor infernal de la tarde.

La mujer no lloraba. No rezaba. Solo miraba fijamente el agujero en la tierra donde descansaba el abuelo. Y entonces, cuando el enterrador lanzó la primera palada de tierra, la mujer levantó la cabeza y sus ojos se clavaron directamente en nosotros. Eran ojos oscuros, penetrantes, llenos de una sentencia silenciosa.

Dio un paso hacia adelante. Todos nos tensamos. ¿Iba a hacer un escándalo? ¿Iba a reclamar algo?

Se acercó lentamente hasta quedar a unos metros de la tumba. Su voz sonó rasposa, pero clara, lo suficientemente alta para que todos, absolutamente todos, la escucháramos.

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"El que tenga prisa por vivir, tendrá prisa por morir. La fortuna no es para quien corre, sino para quien espera. Nadie salga de este cementerio antes de que caiga la última palada de tierra y se cierre el portón. El primero que saque un pie por esa puerta... perderá todo lo que cree poseer".

El silencio que siguió fue sepulcral. Incluso los grillos parecieron callarse.

La Impaciencia Fatal

La tía Marta soltó una risita nerviosa, rompiendo la tensión.

"Por favor", dijo en voz alta, rodando los ojos. "¿Quién contrató a la actriz? Esto es una falta de respeto. Papá seguro se está riendo en el cielo de estas payasadas".

Miró su reloj de oro, un regalo que se había comprado ella misma hacía un mes con un préstamo que, según decían, aún no terminaba de pagar. Eran las cuatro y media.

"Yo no tengo tiempo para supersticiones de pueblo ni para amenazas de viejas locas", anunció Marta, sacudiéndose el polvo de la falda. "Tengo una reunión con el notario para la venta de mi casa y no pienso llegar tarde por escuchar tonterías".

Mi madre intentó detenerla. "Marta, por Dios, espera. Falta poco. No te vayas así, es de mala suerte... y esa mujer me da mala espina".

"¡Suéltame!", se zafó Marta bruscamente. "Ustedes quédense aquí asándose al sol si quieren. Yo me voy. Ya cumplí".

Marta dio media vuelta y comenzó a caminar con sus tacones hundiéndose ligeramente en la tierra seca. Caminó con decisión hacia el portón de hierro oxidado del cementerio. Todos la mirábamos, paralizados. La mujer de negro no se movió, pero una sonrisa muy sutil, casi imperceptible y aterradora, se dibujó en sus labios.

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Marta llegó al portón. Lo empujó con fuerza. El chirrido del metal oxidado sonó como un grito de agonía.

Ella dio un paso fuera. Sacó un pie. Luego el otro.

En ese preciso instante, un viento frío, inexplicable en esa tarde de verano, sopló con fuerza, levantando una nube de polvo que nos cegó a todos por un segundo. Cuando el polvo se asentó, Marta ya estaba caminando hacia su auto, sin mirar atrás.

"No debió hacer eso", dijo la mujer de negro. Su voz ya no sonaba amenazante, sino triste. "La deuda ha sido cobrada".

Yo sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Pensé que quizás le pasaría algo terrible en la carretera. Un accidente. Un infarto. Algo físico. Pero el abuelo Alberto no jugaba con la vida de la gente... él jugaba con algo que para la tía Marta era mucho más valioso: su estatus.

Lo que ocurrió en las siguientes dos horas destrozó a nuestra familia para siempre.

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